"Envejecí a la francesa: sin alarde, sin ruptura, apenas dejando que el tiempo se asentara.
El cuerpo se aprovechó de mi distracción..
No sé cuándo decidió envejecer, porque lo hizo de forma silenciosa, casi elegante.
Un día yo era movimiento, urgencia, promesa. al otro, continuidad.
No hubo un aviso claro ni un momento exacto. El cuerpo fue cambiando mientras la mente seguía intacta, llena de planes, curiosidades y deseos.
Las manos adquirieron historias, el rostro aprendió nuevos mapas, y el espejo empezó a reflejar a alguien que no llegó de repente, sino que fue convirtiéndose.
El envejecimiento no llamó a ala puerta; entró mientras yo estab a ocupada viviendo.
Hay algo delicado en eso . El cuerpo no traicionó, solo acompañó el tiempo. Se desaceleró donde antes corría, pidió cuidado donde antes exigía fuerza.
No perdió dignidad, ganó lenguaje. Cada cambio empezó a comunicar experiencia, no declive. Envejecer a la francesa es aceptar que el tiempo no necesita ser combatido, sino comprendido.
El permitir que el cuerpo cambie sin que la esencia se pierda. La mente sigue curiosa, la mirada atenta, el corazón disponible.
El cuerpo envejece, sí, pero lo hace con elegancia silenciosa, como quien sabe que vivir es transformarse sin pedir permiso"
Simone de Beauvier
Creo que llega de repente, un día una foto, un espejo, una canción, una conversación, y aparece esa sensación de que el tiempo avanzó en silencio. En ocasiones es echar la mirada atrás y sentir todo lo vivido. Pero aunque el cuerpo cambia sentimos por dentro que somos "nosotros" , que aunque el espejo nos diga una cosa nuestro interior sigue siendo joven y con ganas de vivir y con mucha curiosidad por cosas que todavía tenemos que conocer.